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La pérdida de un abuelo

Los abuelos de nuestros hijos, nuestros padres, son esas personas que nos regañaban y no nos dejaban hacer esto o aquello durante nuestra infancia y juventud. Cuando ejercían de padres parecía que nos prohibían absolutamente todo. ¿Y ahora? ¡Resulta que nos indignamos con ellos porque todo lo que no nos dejaban hacer sí se lo permiten a sus nietos!

Los mayores tienen una vuelta atrás, un rejuvenecimiento afectivo, una mayor sensibilidad hacia los niños. Tal vez porque, cuando les tocó educar, su mundo estaba también lleno de preocupaciones y de trabajo. Al llegar la madurez disfrutan de los nietos sin la preocupación de tener que educarlos (para monumental enfado nuestro -de vez en cuando-): simplemente disfrutan de los niños quizá con unos matices que no pudieron saborear con nosotros.

Y los niños los adoran, claro está. Todo lo que en casa no se puede hacer, los abuelos se lo permiten en la suya o, incluso, lo fomentan porque les resulta gracioso o divertido. ¡Cuánto quieren los niños a sus abuelos!

Por eso, se establece una relación muy especial entre abuelos y nietos, un vínculo que perdura toda la vida y que deja una impronta imborrable de cariño, ternura, valores…

Cuando el abuelo ya no está, se puede producir en el niño una sensación de que el mundo se acaba porque ya no tiene a ese amigo cómplice de tantos momentos preciosos. Pero esta es una lección de vida que debemos aprender. Ahora bien, ¿cómo lo hacemos?

En primer lugar, será una ocasión para vivir el dolor de una pérdida con esperanza y mostrárselo así a nuestros hijos. Esto no significa que no se sufra, sino que ese dolor tiene un sentido, no es gratuito: es signo de saber que ahora mismo el abuelo no puede conocer nada más grande y pleno.

Y si el abuelo está en el cielo, seguro que puede interceder por nosotros. ¡Qué grande es vivir su presencia sin verle! Con lo fantástico que es, ¡seguro que habla bien de nosotros ahí arriba! 

Hablemos, hablemos del abuelo. Verbalicemos lo que le queremos, sin tapujos, sin disimular nuestros sentimientos. Qué bueno y humano es llorar también juntos, especialmente en el duelo. Pero los adultos debemos también saber templar nuestra afectividad y emplear cierta inteligencia emocional. Los niños aprenden viendo cómo viven estas situaciones sus padres.  Naturalidad, sin estridencias, pero tengamos en cuenta que todos necesitamos un tiempo para aceptar y superar una situación de pérdida, así que nuestro hijo también. Respetemos esos tiempos, con mucho cariño y algunos recursos. 

Debemos dar gracias por la oportunidad de haber compartido un tiempo con el abuelo. ¡Cuántas cosas hemos aprendido de él! Sus cosas buenas, sus manías, sus enfados por tonterías, sus sonrisas… ¡Cuánto nos hemos reído con el abuelo!

El humor es maravilloso en cualquier situación de dolor y, en este caso, permite relajar la tensión y evocar lo bueno de la persona que ya no está. Recordamos sus anécdotas o las manías que nos enfadaban y que ahora nos arrancan una sonrisa.

Qué bonito es haber compartido un tramo del camino de la vida con el abuelo. Es un ejemplo a seguir en tantas cosas. ¿Quién puede decir más aspectos buenos del abuelo que sus hijos y sus nietos? Tenemos claro que todos somos un poquito mejores porque ha pasado por nuestras vidas. Y ahora nos toca a nosotros pasar el testigo de todas esas cosas tan maravillosas que ya son parte de nosotros gracias al abuelo. 

Ayudemos a nuestros hijos a madurar, a caminar, a afrontar con esperanza y con sentido las dificultades del camino, que están ahí por algo, aunque a veces nosotros no lo veamos o no lo entendamos. Niños o mayores, ¡confiemos!

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Héctor Reyes Martín

Héctor Reyes es doctor en Neurociencias y miembro de la Sociedad Española de Neurología en la Sección de Estudio de Neuropsicología, en el Grupo de Estudio de Humanidades e Historia de la Neurología y en el Grupo de Estudio de Conducta y Demencias. Ejerce como profesor de Física y Química en el Colegio Internacional J.H. Newman, en Madrid.

Los abuelos de nuestros hijos, nuestros padres, son esas personas que nos regañaban y no nos dejaban hacer esto o aquello durante nuestra infancia
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